“El alma matinal y otras estaciones del hombre de hoy” (J.C. Mariátegui)

mariateguiNo existen argumentos sólidos que refuten la coherencia de fondo de los textos que componen “El Alma Matinal y otras estaciones del hombre de hoy”. El propio José Carlos Mariátegui se encargó de reunir esos trabajos suyos escritos entre 1923 y 1929 y que fueron publicados en un haz de revistas y periódicos. Pero, sin lugar a dudas, el lector y la lectora más arteros podrán detectar algunas contradicciones de segundo orden al interior de “El Alma Matinal”. Por ejemplo, esta obra presenta algunos tópicos en los que Mariátegui no termina de romper del todo con ciertos lugares comunes característicos de la izquierda de su época, al tiempo que ofrece, directa o indirectamente, horizontes alternativos y originales.

Claro está, para tener una visión más nítida es absolutamente necesario abordar la totalidad de la obra del “Amauta” peruano. Por eso insistimos: se trata de contradicciones menores. Quien les asigne una relevancia que no poseen, corre el riesgo de perderse en sinuosidades que no harán más que distraerlo de los asuntos medulares referidos al pensamiento y a la obra de Mariátegui.

Consideramos que, desde el propio inicio de estas páginas preliminares, es conveniente destacar que Mariátegui jamás pretendió elaborar una doctrina filosófica o política. No tiene ningún sentido, entonces, someter su obra y su pensamiento a las asperezas de los estrujamientos conceptuales con el sólo fin de mostrar sus fisuras. Por otra parte, creemos que existen ejercicios intelectuales mucho más edificantes.

En otro orden de cosas cabe consignar que Mariátegui siguió un criterio estrictamente temático para organizar este trabajo. A nosotros, hoy, nos convendría seguir un criterio cronológico, dado que el mismo nos permitiría percibir el modo en que se va transformando su pensamiento en esos años que van desde su regreso al Perú, después de una estancia europea –básicamente italiana– de cuatro años hasta el ajetreado año del crack de la Bolsa de Wall Strret y el estallido de la Crisis Mundial; sin dudas, el período más prolífico de su breve existencia.

Un criterio cronológico nos permitiría, principalmente, seguir el derrotero de un pensamiento y relativizar algunas contradicciones. El sesgo por momentos elitista, la visión sobre el rol de los campesinos (y de la alianza obrero-campesina), su idea del socialismo como un “producto urbano”, que aparecen desparramados en las páginas de El alma matinal, remiten a meras estaciones de paso en el itinerario mariateguiano, no deberían ser consideras como coagulaciones definitivas respecto de estos asuntos. Incluso, en algunos casos, el punto de vista “más acabado” o “definitivo”, de Mariátegui se situará en las antípodas.

Un criterio cronológico también nos puede resultar útil para revisar algunas de las obsesiones del Amauta. Entre otras: Italia y sus paisajes, sus personajes, su cultura, su historia. Como se puede apreciar en “El alma matinal”,Mariátegui nunca abandona su interés por Italia y sus asuntos, aún en pleno periodo signado por el tema indígena y la cuestión nacional, es decir, por la “realidad peruana”.

El grado de desarrollo de la exégesis mariateguiana hace que carezcan de sentido los ejercicios que nos proponen ahondar en la importancia que tuvo la experiencia italiana para Mariátegui. Se sabe bien que en la tierra del Dante “desposó una mujer y algunas ideas”. Sí nos parece importante resaltar el hecho de que en “El alma matinal” el Amauta invita a ver Italia como un palimpsesto, con sus superposiciones, sus contradicciones, sus mezclas y sus diversas temporalidades. Su clave de acceso al Perú es muy similar. También queda expuesta su predilección por la Italia de “L’Ordine Nuovo”, Antonio Gramsci y Piero Gobetti.

Posiblemente El Alma matinal, como ninguno de sus otros trabajos, compendie mejor las principales herejías de Mariátegui. Ya sea los trabajos que concibió íntegramente como libros, o los que el mismo organizó a partir de reunir materiales dispersos, o las compilaciones más tardías realizadas después de su muerte. En El alma matinal hay un despliegue importante de los temas y los enfoques usualmente destituidos por la izquierda dogmática y puestos en el index por el marxismo gélido. Ese despliegue, que se aleja de toda opacidad narrativa, se apoya en instrumentos líricos y en un afán nunca disimulado por actuar sobre lo real.

Provisto de algunas categorías marxistas, Mariátegui busca darle al mundo un nuevo estrato de significación, al tiempo que, sin proponérselo, le otorga un nuevo estrato de significación al propio marxismo. Un estrato singular, geopolítica y geoculturalmente situado. Esto último, posiblemente, torne irrelevante la discusión respecto de la suficiencia o la insuficiencia en la utilización y el manejo de las categorías marxistas por parte de Mariátegui.

En El alma matinal conviven Karl Marx, Antonio Gramsci, Rosa Luxemburgo, Georges Sorel, Romain Rolland, Miguel de Unamuno, Benedetto Crocce, Sigmund Freud, etc. Una convivencia favorecida por el contexto histórico pero, en definitiva, impuesta por la cultura vertiginosa de Mariátegui. Una cultura capaz de captar todos los aromas de su tiempo; similar a la de Marx, paradigma del pensador global, quien supo abrevar en Friedrich Hegel, Ludwig Feurbarch, Adam Smith, David Ricardo, James Mill, John Stuart Mill, William Godwin, Robert Owen, Jean Charles Leonard Sismonde de Sismondi, François Quesnay, el conde de Saint Simon, Louis Blanc, Charles Fourier, Joseph Proudohm, etc.; y también en Homero, Miguel de Cervantes, William Shakespeare, Johan Wolfrang Goethe, Honoré Balzac, Heinrich Heine, Alexandr Pushkin, Nikolái Gogol, etcétera.

También están presentes en las páginas de este libro las reflexiones de Mariátegui en torno de las aclimataciones y las traducciones; si bien estas operaciones están, por lo general, referidas a tópicos artístico-literarios, él Amauta sabrá trasladarlas al campo de las ideas y la política.

Básicamente, está la propuesta de un diálogo fructífero entre el marxismo y la cultura de cada época histórica. Está la invitación a una apertura crítica respecto de las corrientes de pensamiento distintas al marxismo, incluso antagónicas. Ese diálogo y esa apertura, remiten en Mariátegui, abierta o solapadamente, a algunos de los problemas centrales del marxismo, como ser la relación entre base material y superestructura, los efectos de lo simbólico, la importancia de la cultura popular, etc. Se trata de unas preocupaciones eminentemente gramscianas.

También está la propuesta de un eclecticismo revolucionario que se pondrá de manifiesto en una praxis político-cultural tendiente al mestizaje en los planos más diversos: socialismo y nación, marxismo e indigenismo, la vanguardia y la tradición, el “espíritu del mundo” y “el espíritu de la tierra”; entre lo universal y lo particular.

Ha sido común la utilización de universos simbólicos y léxicos marxistas para abonar posiciones burguesas, Mariátegui recurre a los más variados universos simbólicos y a los más heterogéneos léxicos para abonar, siempre, posiciones socialistas y revolucionarias.

Al margen de estas aclaraciones, vale decir que El Alma Matinal deja traslucir el tiempo de Mariátegui y delata, como pocas de sus obras, su penetrante espíritu.

El contexto histórico-cultural sobre el que se desarrolla el pensamiento del Amauta nos remite a la década del veinte, a sus años iniciales. Se trata de un mundo afectado por la crisis de posguerra[1] y, al mismo tiempo, agitado por las rebeldías populares y los sueños y deseos más ambiciosos. Un mundo donde conviven lo viejo que no muere del todo (lo crepuscular) y lo nuevo que no termina de nacer (lo matinal), donde cohabitan, en tensión y desbarajuste, los signos de la decrepitud con los signos de la gravidez. Por lo menos esa era la percepción de Mariátegui y, en buena medida, la de toda una generación.

Se trata del tiempo de las revoluciones sociales o de las revoluciones “a secas”. Del tiempo inicial de la Revolución Rusa a la que muchos y muchas tendían a despojar de sus componentes societarios. Es el tiempo de la Revolución Mexicana que, aunque iniciada en el año 1910, en la década de 1920 comienza ser decodificada en clave de la Revolución Rusa, leída como revolución social, concebida como la primera gran revolución social de Nuestra América y ya no como una guerra civil o como una rebelión de sujetos arcaicos afectados por el proceso de modernización. Es el tiempo de las vanguardias políticas y artísticas (por cierto, la idea misma de vanguardia desdibuja esta distinción, la torna artificial). Un tiempo en el que estallan los viejos prismas y cambian las percepciones sobre el mundo y los seres humanos. Ese tiempo aparece condensado en la obra y el pensamiento de Mariátegui. Sobre todo aparecen abreviadas las perspectivas más esplendentes de ese tiempo.

Mariátegui, como Marx, como Ernesto Che Guevara, era una de esas personas a las que nada humano les resultaba ajeno. De este modo, los artículos de El alma matinal nos hablan de temas como la decadencia de Occidente o de los “ciclos vitales” de las civilizaciones, materia que Marategui toma de un pensador reaccionario como Oswald Spengler. No participa el Amauta de las premisas evolucionistas y conservadoras del pensamiento spengleriano, simplemente captura una figura retórica con el fin de ratificar su concepción de la crisis terminal, no sólo del capitalismo, sino de la civilización burguesa. Esta crisis de la civilización burguesa arrastraría al abismo, junto con ella, a la idea de progreso y a las filosofías positivistas. Esta crisis también será considerada por Mariátegui como una crisis del viejo humanismo, del humanismo manipulado y gastado por la burguesía. De este modo, el Amauta será pionero en la crítica al progreso desde la cultura marxista. Él dio los primero pasos en pos de un materialismo histórico libre de toda idea antihumana; un mérito que comparte, por ejemplo, con Walter Benjamín.

No propone Mariátegui refugios místicos individuales, no levanta los ojos al cielo en busca de respuestas, ni aboga por el retorno a un pasado idealizado. Para él, el socialismo constituye la única alternativa civilizatoria y humana. La mística que reivindica es la que surge de la praxis revolucionaria. Y si rescata algunas tradiciones y herencias es para recrearlas y transfigurarlas, insertándolas en nuevas formas y en nuevas relaciones sociales. El socialismo, para el Amauta, también es un Renacimiento.

Para Mariátegui, una de las causas de la crisis civilizatoria de la burguesía radicaba en la falta de un mito. En El Alma matinal el Amauta da cuenta de algunos de los significados que le asigna al mito. Al mito multitudinario. El mito prácticamente aparece como una noción perfectamente intercambiable con la utopía, con la fe (sin metafísica), con la ética (sin dogma), con el deseo, con la voluntad y con los sueños colectivos. Y, por ende, con la acción. En fin, para Mariátegui, el mito es sentido y lucha, es vivencia colectiva y comunicable, es experiencia plena y despliegue dialéctico. Por lo tanto, el mito tiene capacidad de re-encantar un mundo desencantado.

Téngase presente que Mariátegui considera que el mundo de la primera posguerra está desencantado. Una situación a la que contribuyeron tanto la burguesía, que agotó sus posibilidades heroicas, como el socialismo evolucionista, gradualista y pasivo al estilo de Karl Kautsky o Eduard Berstein. Ni que hablar del aporte al desencanto realizado por los “socialistas” de la índole de Gustav Noske, el asesino de Gustav Landauer, Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht. De este modo, el socialismo revolucionario, que restituye el mito como sentido y lucha, es para el Amauta la cifra para el re-encantamiento del mundo.

A partir de Maurice Merleau-Ponty sabemos que “el fenómeno mítico no es una representación, sino una verdadera presencia”; y también sabemos que los mitos, de algún modo, son también la expresión de los componentes no míticos de una sociedad. El mito nos habla siempre de aquello que no está mixtificado. El mito puede comprenderse “racionalmente” si se lo considera en el marco de las coordenadas que propone la práctica humana y la comprensión de la misma.

La crítica al positivismo es otro de los tópicos mariateguianos que mejor se pueden rastrear en las páginas de El Alma Matinal. En concreto: Mariátegui viene a decirnos que no sólo se puede conocer a través de la razón, sino que existen otros medios como la intuición, (la influencia de Henri Bergson es evidente), el sentimiento, o la fantasía. De ahí su reivindicación del surrealismo, una reivindicación que es básicamente política y metodológica. De ahí su estrategia epistemológica consistente en buscar el sentir y la verdad de una época, tanto en los “filósofos” como en los escritores, en los artistas y en los poetas, ya sean crepusculares o matinales. De ahí las inquisiciones en torno a la obra de autores como Gabriel D’ Annunzio, Benito Marinetti, Giovanni Papini, Luigi Pirandello, Giuseppe Prezzollini, Maurice Barres, Anatole France, Marcel Proust, James Joyce, Bernard Shaw, John Dos Pasos, Waldo Frank, Leonhard Frank, Hedor Gladkov, Ernest Glaesser, Herman Kesten, Erich María Remarque, Arnord Zweig, entre otros.

El “Esquema de una explicación de Chaplin” es un texto fundacional de la crítica histórico-literaria o político-literaria. Además de una belleza excepcional y para nada anacrónica, se podrá notar como Mariategui puede percibir tempranamente el antagonismo entre Charles Chaplin y los gerentes de Hollywood, la contradicción entre Chaplin y los Estados Unidos.

Mariátegui puede relacionar literatura y lucha de clases, arte y lucha de clases, lejos de toda fórmula determinista y sin precipitarse en la “teoría del reflejo”. De este modo, no solo supera el determinismo económico sino que es materialista en un sentido radical que va más allá de la “historia de la producción”.

Esta crisis civilizatoria de la burguesía no podía dejar de afectar el terreno de la política. La misma es visualizada por Mariátegui como un ocaso irreversible de la democracia liberal, de sus instituciones más características, de sus fetiches (no de sus mitos, dado que ha quedado huérfana de ellos). La crisis de la democracia es, en la década de 1920, un eje que adquiere fuerte presencia en los discursos de la derecha y la izquierda, tanto en “la hora de la espada” lugoniana como en la defensa a rajatabla del modelo de la dictadura del proletariado (una defensa que, en líneas generales, ponía el énfasis en la dictadura más que en el proletariado). Pero Mariátegui se encarga de señalar que se trata de una degradación de la democracia como formalismo y como acontecimiento estrictamente institucional, que esa crisis puede interpretarse como la consecuencia de una falta de correspondencia entre estructura y superestructura; en fin, que no cabe hablar de la crisis de la democracia como praxis de acción colectiva, que, desde su punto de vista, sólo es realizable plenamente en el socialismo (y en una dimensión mundial). Aquí se percibe la influencia de Piero Gobbeti, ese “croceano de izquierda” y militante de L’Ordine Nuevo, quien, como Mariátegui, murió demasiado pronto.

Mariategui considera que la muerte de una civilización decrépita y el nacimiento de otra radiosa, no es un proceso lineal y mecánico; por el contrario, es conciente de sus irregularidades y sus turbulencias. En efecto, el Amauta sabe que los privilegiados no renunciarán pacíficamente a sus beneficios, que la burguesía no podrá ser despojada de sus propiedades y su poder sin luchas sacrificadas. Sus lúcidas caracterizaciones sobre la naturaleza del fascismo, que se hallaba en los primeros estadios de su desarrollo histórico, dejan traslucir esa conciencia. No es casual, entonces, que sea precisamente El alma matinal el libro en el que Mariátegui plasma esa sentencia categórica: “La revolución no es una idílica apoteosis de ángeles del Renacimiento, sino la tremenda y dolorosa batalla de una clase por crear un orden nuevo”. Por cierto, se trata de una de las expresiones mariateguianas más consideradas por la generación revolucionaria argentina de las décadas del 60 y el 70.

Otro tema de época remite a la teoría de la relatividad. La misma rompió con la creencia en la homogeneidad tiempo-espacio y habilitó las reflexiones respecto una historicidad propia de Nuestra América. No es casual que abunden las referencias a la figura de Albert Einstein en este y en otros trabajos del Amauta. Ahora bien, el reconocimiento de una historicidad propia de Nuestra América tuvo interpretaciones y derivas diversas. Por ejemplo, a Víctor Raúl Haya de Torre la libre adaptación de los principios de la teoría de la relatividad y su aplicación a la historia y la política lo llevaron a invertir la fórmula leninista y a presentar al imperialismo como “la etapa inferior del capitalismo”. Esta posición justificó un pensamiento etapista y abiertamente pro-burgués. Recordemos que Haya de la Torre fue el fundador de la Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA) en 1924, una organización con presencia en diversos países de Nuestra América y de la que Mariátegui fue miembro destacado hasta 1928. Ese año, Haya de la Torre decide convertir al APRA en un partido político y le impone un horizonte reformista, populista, de “capitalismo nacional”.

Muy diferentes fueron las posiciones de Mariátegui, quien reivindicó las praxis y los horizontes anticapitalistas como fundamento indispensable del proyecto revolucionario y sostuvo la actualidad del socialismo ¡en Nuestra América! Asimismo, Mariátegui criticó la idea evolucionista que sostenía que socialismo era posible después, y solo después, del capitalismo (Una idea que resaltaba el supuesto cariz “liberador” del capitalismo).

Las páginas de El alma matinal están colmadas de un elam vinculado a las filosofías vitalistas. El culto a la acción y al riesgo, el vivire pericolosamente, opuesto al vivir dulcemente –y al vivir parlamentariamente–de la generación prebélica, confiada en las bondades del capitalismo, obnubilada por los fetiches burgueses, una generación decadente y esteticista. Estas filosofías nutrieron tanto al fascismo como a una izquierda que buscaba recuperar un sentido revolucionario frente al evolucionismo, el determinismo y el reformismo típicos del socialismo de la Segunda Internacional, que además padecía de otras taras como el eurocentrismo, el evolucionismo, el racionalismo a-crítico, etc.. Mariátegui, que detecta tempranamente la naturaleza histórica del fascismo (una naturaleza reaccionaria, conservadora y pro-burguesa) consideraba que sólo el socialismo era capaz de romanticismo, heroísmo y quijotismo; que solo el socialismo podía maridar vida y pensamiento.

También son rescatables las críticas al modernismo, no solo a sus exageraciones y sus inútiles arabescos, sino al modelo de intervención intelectual típico del modernismo (con honrosas excepciones, principalmente la del cubano José Martí). Esto es, la crítica al intelectual que desprecia la acción y que elije habitar en parnasos o torres de marfil. En El alma matinal, Mariátegui propone otro sitio y otra función para el intelectual: pensar la nación y –correlativamente– pensar a las clases subalternas y oprimidas en su profunda dimensión histórica, en sus planos estructurales, étnicos y culturales.

El alma matinal nos impone un contraste con el realismo socialista que, tras la muerte de Mariátegui, se afianzó como arte de Estado en la Unión Soviética y luego en, mayor o menor medida, en el resto de los “socialismos reales” y en muchas organizaciones de izquierda del mundo entero. El realismo socialista se erigió en un arte burocrático, apologético del Estado y del partido, un arte a-critico, incapaz de dialogar con la cultura de su tiempo; que condenaba (y perseguía) como “nihilista” o “pequeño burguesa” cada expresión que se corría de sus estrechas coordenadas. Asimismo dio lugar a producciones superficiales, declamatorias, sórdidas, incapaces de contactar con vida; aunque eso sí: pintadas de rojo y con puño alzado o con mano izquierda en v de victoria. Fue un realismo inauténtico. No fue el realismo crítico de una clase en “ascenso”. No fue el realismo leninista, el realismo del sueño controlado pero no por eso menos dinámico, vivaz y potente.

El alma matinal es una apología de la imaginación aplicada a la política. Revolución e imaginación son concebidas como díada inseparable. Junto a ella otra díada se aparea: el amor y la voluntad. Indispensable argamasa para crear nuestros propios objetos, no para separarlos de la realidad, sino para insertarlos en ella y transformarla. Partiendo de esta base, la utopía adquiere en Mariategui una dimensión realista y un sentido positivo. Es la utopía sin bruma.

El alma matinal es un canto al optimismo histórico. Un optimismo fundado pura y exclusivamente en las potencialidades de los hombres y las mujeres puestos a crear un mundo mejor y una nueva civilización radicalmente humana; un optimismo organizado en torno de las capacidades que tienen las clases subalternas y oprimidas de ser para-sí y para dejar de ser objetos.

En contra de los presagios y deseos de Mariátegui, la civilización del capital, la civilización de la burguesía, logró subsistir largos años. Las estrategias basadas en las componendas y en las formas más complejas y variadas de la violencia, lograron apaciguar (momentáneamente) al trabajo. La crisis sistémica se prolongó tanto que incluso a muchos y muchas se les desdibujó la posibilidad de una alternativa. A casi noventa años de la muerte de Mariátegui la crisis civilizatoria del capitalismo y de la burguesía es más evidente que nunca. El capitalismo ha adquirido una escala planetaria completa, ha logrado imponer una división global del trabajo. Al mismo tiempo ha reactivado, actualizado y proyectado sus mecanismos de acumulación originaria, sus mecanismos de desposesión. Más que “desarrollar” las fuerzas productivas, las vampiriza.

Las “almas matinales” siguen germinando. Son los hombres nuevos y las mujeres nuevas, los hombres y mujeres “de desarrollo integral” –Marx dixit– los y las que, con sus luchas y sus militancias, conjuran el desánimo, re-encantan el mundo y construyen día a día la nueva sociedad (y la nueva civilización) en los intersticios de la vieja.

No nos queda más que celebrar esta oportuna primera edición argentina de “El alma matinal”.

 

Lanús, febrero de 2014

“En el país del si me acuerdo” (R. Kotler)

en el pais de no me acuerdoEn el país del sí me acuerdo
Rubén Isidoro Kotler (compilador)

Autores que participan en este libro: Ana Carol Solís, Enrique Hugo Arrosagaray, Luciano Alonso, María Cecilia Azconegui, Rubén Kotler, Scocco Marianela, Silvina Jensen
Editorial: Imago Mundi y RELAHO

Colección Bitácora Argentina dirigida por Alejandro Falco.

En el país del sí me acuerdo, obra de historia colectiva, confluyen las investigaciones que en los últimos años se vienen llevando a cabo sobre la historia del movimiento de derechos humanos en Argentina desde una perspectiva local y regional. Los casos de Neuquén y Alto Valle, Santa Fe, Rosario, Córdoba, Avellaneda, Tucumán y sobre el exilio argentino en Barcelona, remiten a los orígenes del movimiento en cada una de las geografías mencionadas, al tiempo que recupera los amarres locales sobre las experiencias de las organizaciones que se dieron a la lucha antidictatorial en las ciudades del interior, como así también más allá de las fronteras nacionales.

“17 Instantes de una primavera” (Y. Semiónov)

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Stirlitz, un agente secreto de la Unión Soviética, se infiltra entre los nazis desde los comienzos hasta llegar, en la Segunda Guerra Mundial, a la cúpula de la organización. Desde el “Centro” le comunican que hay un jerarca nazi que está comenzando a negociar con los Aliados para firmar una paz que no implique la rendición total pero que asegure menos poder para el bloque soviético al finalizar la guerra. Sin contactos, valiéndose sólo de su inteligencia y de su intuición, debe desbaratar esta operación, no ser descubierto y salir vivo. Esta trama por sí sola valdría para leer este libro. Pero además Stirlitz es un espía como no ha habido otro. Es un comunista convencido. Es un pragmático. Es un ser sensible y respetuoso de la vida humana. Es un romántico. Es eficiente como una máquina. Conoce las miserias de las que es capaz el ser humano, y sin embargo tiene una fe inquebrantable por la humanidad. Yulian Semionov construyó un personaje imbatible a lo largo de 14 novelas. 17 instantes de una primavera es la más famosa. Quien lea este libro quedará presa de un hechizo que lo llevará a esperar con impaciencia otras obras del autor.